¿QUÉ ES LA SALUD MENTAL? La capacidad de amar.

¿QUÉ ES LA SALUD MENTAL? La capacidad de amar.
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El concepto de salud en psicología ha ido desarrollándose a través de los años. Ha pasado de ser concebida únicamente como la ausencia de trastornos o síntomas a incluir aspectos positivos como el de bienestar. La OMS define la salud mental de la siguiente manera: “Estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”. Y añade que la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social.

Desde la perspectiva psicoanalítica la salud mental se entiende como la capacidad de amar, trabajar y jugar. En este artículo, que no es más que el primero de una serie que tratará de profundizar en las implicaciones de esta definición general, trataré de ahondar en una de las principales capacidades humanas que determinan nuestro bienestar: la capacidad de amar.

El fracaso en las relaciones amorosas o íntimas de amistad son una gran fuente de sufrimiento y una causa muy frecuente de consulta a un psicólogo en Irún y Donostia. Dense cuenta de que en este artículo me voy a referir a la capacidad de amar no exclusivamente desde las relaciones de pareja sino desde la capacidad más general de establecer relaciones de confianza con las personas significativas ya sean estas en la pareja, familia, amistad etc. La capacidad de amar, por tanto, como la capacidad de establecer relaciones íntimas y de confianza.

Una parte de esta confianza en el “otro” se ha ido gestando desde la más tierna infancia. El cuidado de las necesidades fisiológicas del bebé y sus necesidades de contacto van construyendo en su incipiente psiquismo una idea de cómo de confiable es el otro significativo. Así lo planteó el psicoanalista Erik Erikson subrayando dos principios fundamentales de las interacciones con el bebé para la construcción de esta confianza básica, como son la estimulación moderada y la no intrusividad. Desde esta concepción el cuidador por una parte es alguien que estimula y de la otra calma cuando esta excitación se transforma en desagradable o excesiva. Otros autores como el también psicoanalista Wilfred Bion han destacado en relación con lo anterior, cómo el sujeto va desarrollando la capacidad de mentalizar y representarse sus propios estados internos (ya sean emociones, representaciones o ideas) desde un otro externo que ha ido nombrando e identificando esos diferentes estados internos. Es decir, la capacidad que tenemos de reconocer e identificar nuestros estados internos tiene su origen en el reconocimiento del bebé como sujeto diferenciado desde los primeros cuidados.

Por otro lado la capacidad de amar y por tanto de podernos acercar a los otros requiere de que uno tenga una idea más o menos bien establecida de quién es él. Voy a intentar aclarar este punto. No se trataría de entrar en el concepto de identidad, concepto harto complejo que bien requeriría una artículo en sí mismo. Se trata más bien de que el acercarse a los demás supone una buena capacidad de empatía, es decir, de ponernos en el lugar del otro. El problema es que este ponernos en el lugar del otro no puede llevarnos a perder de vista lo que nosotros somos y de nuestros deseos y necesidades..

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Ocurre muy a menudo que las personas pierdan la perspectiva de sus necesidades y deseos y queden “atrapados” en lo que ellos entienden que los demás esperan y desean de ellos. De esta forma las relaciones se convierten en una constante búsqueda por estar a la altura de lo que se entiende que son el deseo del otro hacia uno. Por supuesto de esta forma cualquier posibilidad de disfrute en el contacto con el otro se hace imposible. Uno entonces experimenta un deseo muy grande de acercamiento al otro, aunque tan pronto como este tiene lugar se siente el peso asfixiante de lo claustrofóbico por lo que se hace urgente una huida, un escapar de ese “agobio”, como solemos formularlo con frecuencia. Pareciera que la persona atrapada en este dilema sin solución se debate entre o desesperarse de soledad o perder cualquier libertad y espontaneidad. Este conflicto con los demás, que principalmente es un conflicto interno, un conflicto psíquico con nosotros mismos, puede tener consecuencias devastadoras si no es comprendido y resuelto de forma satisfactoria: Muchos de los fracasos matrimoniales y muchas dificultades sociales e incluso laborales y de otros órdenes tienen su origen en esta problemática.

Otro aspecto a tener en cuenta que dificultad el acercamiento a los demás es el de la rivalidad. La rivalidad puede ser la sal y la pimienta en las relaciones. Nos empuja a mejorar y puede profundizar la complicidad entre dos personas. Puede aguzar el ingenio y estimula el sentido del humor. Aunque no deja de ser un elemento perturbador que introduce una nota de hostilidad en las relaciones. La hostilidad no tiene porque hacer alusión a situaciones de agresividad física o verbal o al deseo de dañar a otras personas. Como decía, el humor, la ironía, el juego, el deporte, la confrontación de ideas, etc. comprenden elementos muy positivos de la hostilidad. La rivalidad es absolutamente inevitable en los grupos, pero también en las relaciones a dos constituye un elemento de ambivalencia que conforma cualquier relación significativa. Toda relación importante es una relación ambivalente, es decir una relación de amor-odio. Creo que nunca se insistirá lo suficiente en este punto. Creo también que saber manejar esta hostilidad y rivalidad interna en relación a los demás requiere de una toma de conciencia, de un comprender cómo surge esta en nuestras relaciones con los demás y de saber cómo resuena esta ambivalencia en nuestro interior.

Para finalizar me gustaría recalcar que ninguna relación significativa que hayamos tenido en nuestra vida se ha visto libre de esta rivalidad, rivalidad por el amor de una persona, por el reconocimiento y la valoración de nuestros padres, etc.

Andoni Ugarte es psicoterapeuta psicoanalítico con niños y adultos en sus consultas de Irún y Donostia. Es licenciado en Psicología y Master por las universidades de Comillas y Complutense de Madrid. También es miembro de la Asociación Psicoanalítica de Madrid.

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