La angustia y el ser íntimo.

La angustia y el ser íntimo.

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Pues sí, ya sabemos que la angustia forma parte inevitable de la vida pero esto no nos ayuda cuando la sentimos. Cuando sentimos demasiadas ganas nos entra la ansiedad y no podemos esperar, cuando las cosas no nos salen nos frustramos, nos enfadamos y desesperamos angustiándonos todavía más. Cuando algo no nos gusta queremos echarlo bien lejos de nosotros y nos angustiamos por tener que lidiar con ello y cuando algo nos gusta, nos repetimos tantas veces que lo queremos que acabamos creyéndonos que lo necesitamos y nos angustia la idea de perderlo.

Cuando no nos quiere nadie nos angustia sentirnos solos o sentir que no reunimos las cualidades para que nos quieran pero cuando nos quieren nos angustia que no nos dejen respirar o que no podamos vivir de forma autónoma. Cuando las cosas son difíciles nos angustia la dureza de las cosas y cuando son fáciles sentimos que nuestra vida nos aburre y le falta algo.

Cuando estamos cómodos nos pesa la falta de aventura y cuando nos lanzamos a la aventura nos entra el miedo y las inseguridades de todo tipo. Cuando no tenemos dinero creemos que es lo que nos falta, y cuando lo tenemos nos falta el tiempo para gastarlo y nos angustia no poder disfrutar de la vida.

Visto así el panorama no parece muy halagüeño, pero solo tal vez porque no hemos comprendido que estas dificultades son las que nos hacen sentir que la vida merece la pena. Que es el dolor precisamente el que nos ha hecho aprender a lo largo de todo el camino y el que nos puede llevar a tomar contacto con esa íntima parte de nosotros mismos que nos permite vivir la vida de forma creativa y libre.

La angustia no es necesariamente un signo de trastorno o de enfermedad. La angustia es también un indicativo de una parte íntima de nuestro ser que si se queja, es precisamente porque hemos ignorado. La angustia y el dolor son también una oportunidad de conocernos mejor y establecer una relación más genuina con nosotros mismos. La angustia, así como los síntomas, trastornos o conflictos que nos hacen sufrir, abren la puerta a la pregunta sobre qué es lo que va mal en nuestra vida. Nos abre al interrogante sobre nuestra subjetividad, a cómo nos relacionamos con nosotros mismos y las demás personas significativas, así como con los aspectos de la vida, como pueden ser trabajo, hobbies, etc. que hacen que nuestra vida adquiera un sentido. La angustia, en definitiva abre la cuestión sobre el sentido que damos a la vida y del lugar que nos damos a ocupar. Lugar que de una forma o de otra, es también el lugar que en nuestros orígenes nos otorgaron y que nosotros hemos adoptado, a pesar de que en ocasiones nos haga sufrir.

La angustia en este sentido puede compararse con un dolor de rodilla. Este dolor, lejos de tener que taparlo con calmantes, nos cuestiona sobre lo que no estamos haciendo bien. Tal vez estemos entrenando demasiado, tal vez las zapatillas no sean las adecuadas o debamos correr sobre un terreno más blando. Pero si tapamos ese dolor destinado a protegernos, es posible que la lesión a la larga sea más grave. De la misma forma la angustia nos abre la posibilidad de plantearnos si el lugar que nos hemos dado en la vida es el que realmente deseamos.

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