Los autorreproches son un aspecto que nunca falta en la melancolía. Estos reproches son el disparador de los funcionamientos autodestructivos más peligrosos y la causa del mayor dolor y sufrimiento. Pero por otra parte pareciera que hubiera también una dimensión “gozosa” (tal y como la entendía J.Lacan en su dimensión de placer autodestructivo) en ese sufrir constante que se inflige a sí mismo. Aunque esto pueda parecer contraintuitivo, no deja de tener su sentido intrapsíquico. Veamos cómo.
El ataque que el sujeto melancólico se dirige a sí mismo (soy tonto, soy malo, soy feo) son ataques que en verdad, originariamente, se dirigen a su objeto de amor. Me refiero a ese objeto primordial de amor de su prehistoria personal (que casi siempre son el padre y la madre), fundamental para su equilibrio narcisista. Estos ataques tienen su origen en la rabia que sintió cuando perdió la relación privilegiada con estas figuras y cuando debido a su inmadurez, propia de los estadios más tempranos del desarrollo antes de que se haya establecido una diferenciación consistente de estas figuras, siente esta pérdida como una pérdida irreparable en su sí mismo. Es como si de fondo los ataques que se dirige a sí mismo fueran reproches que le hubiese gustado dirigir hacia sus propios padres por no haberlo querido y dado un lugar que le permitiera crecer y diferenciarse.
De una forma inconsciente reprocha a este objeto el haberle abandonado, el no haberle donado el amor, el cariño, las atenciones necesarias para poder construir su propia subjetividad. Y no le falta razón, la herida narcisista (en la autoestima) de la que se duele tiene su origen entre otros factores en la falta de investimiento por parte de sus padres. Es decir, es como si estos no le hubieran podido dar un lugar como sujeto, como persona responsable de sus propios afectos, pensamientos y lugar en el mundo.
Dicho de otra forma, el melancólico hace del desvalimiento el leitmotiv de su vida psíquica. Cree ser incapaz de asumir la propia responsabilidad y espera un amor materno incondicional que lo rescate de su fragilidad y dependencia.
En este contexto tal vez pueda entenderse mejor la lógica de los ataques que el melancólico se realiza a través de los autoreproches.
El sujeto melancólico se identifica con ese objeto primordial (encarnado en su historia por el padre y la madre de su primera infancia, pero que no serían más que la sombra imaginaria de los padres de la actualidad) sobre el que se ha depositado el ideal que reparará su desvalimiento. Se trata de ese objeto omnipotente en la fantasía del niño, en el que depende para ser reconocido y ser amado, siempre que se mantenga infantil y dependiente. Se ha adherido a los mandatos parentales, renunciando a su propia iniciativa y subjetividad precisamente para ser querido y tener un lugar en la vida. En este sentido es como si una parte de sí mismo se mantuviera en ese estado de desamparo infantil mientras que será el otro quien, omnipotente estará dotado de fuerza.
Se da un desdoblamiento en el funcionamiento del sujeto melancólico. El superyó, la instancia moral heredera de la relación con los padres, es decir la voz internalizada de la autoridad de los padres, el objeto de la omnipotencia, ataca al yo. Lo desprecia, lo castiga (eres tonto, eres feo, eres malo). El yo del sujeto melancólico se somete a los mandatos internos. Siente que falla a los demás, que los abandona si trata de asumir su propia iniciativa, tomar sus decisiones y separarse de sus figuras de referencia; si cae enfermo y no puede trabajar o necesita del apoyo de otros, se castiga por ser frágil y dependiente. Se ve a sí mismo como un ávido que no constituye más que una carga para los demás, como una mala persona que con su mera presencia transmitiera un perjuicio para los demás.
Haciendo suyo los mandatos e ideales paternos, se castiga con ellos, se reprocha no estar a su altura. Se identifica con esta instancia psíquica, el superyó que encarna la moralidad en su psiquismo y de esta forma consigue también ponerse a su altura, es decir compartir con la instancia superior un cierto sentimiento de superioridad. No obstante, el precio que paga es enorme, porque mediante los ataques constantes destruye su autoestima, su identidad y cualquier posibilidad de un proyecto de futuro autónomo. Pero como he tratado de explicar este ataque e identificación con la instancia moral intrapsíquica agresora acaba resultando la única forma que encuentra el melancólico de intentar restaurar de alguna forma una herida narcisista, una omnipotencia que tiene su origen en la más tierna infancia.
Mediante los ataques que se inflige el melancólico habría por tanto un intento de restaurar un sentimiento de potencia en el que el sujeto se identifica con la instancia castigadora y que le permite así participar de su superioridad de forma ilusoria. El precio que paga es la autodestrucción de la vida psíquica y del proyecto de vida.
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