Cuando se habla del complejo de edipo, hay que empezar diciendo que pocas ideas en la historia han despertado tantas resistencias y rechazo como esta y al mismo tiempo, precisamente por este rechazo que despierta, pocas ideas han sido más malentendidas que esta.
El complejo de edipo no se refiere a un concepto estrecho de sexualidad, tal y como en ocasiones los adultos podemos referirnos a ella. No es que los niños quieran acostarse con sus madres y mantener relaciones sexuales con ella en el sentido en que los adultos entendemos las relaciones sexuales. El edipo, más bien hace referencia a todo el resto de dimensiones de la psicosexualidad que más allá de la persecución de una cierta ganancia de placer hace alusión a lo relacional y a lo identitario. Hace referencia a lo que la psicosexualidad tiene de descubrimiento de sí y de ubicarse en un mundo de relaciones.
Tan solo los adultos podemos tener una comprensión de la sexualidad como algo que en ocasiones puede darse carente de sentimientos y de una dimensión relacional. Como quien dice, la sexualidad como un divertido pasatiempo que proporciona un placer y si te he visto no me acuerdo.
El niño en su tierna infancia no tiene una idea clara de lo que ocurre entre los adultos en la intimidad del dormitorio. Es a través de una intensa actividad investigadora que irá descubriendo la naturaleza de las relaciones sexuales y el papel que cumple la diferencia sexual anatómica. De hecho, el niño no es consciente desde un principio de la existencia de los dos sexos. De forma espontanea tiende a pensar que tan solo hay un sexo.
Con el pasar del tiempo y del desarrollo entenderá la implicación que tiene la existencia de los sexos e irá asumiendo, no sin dificultades, su propia identidad sexual y los roles esperados para cada sexo en su sociedad. En este aspecto también, como siempre en lo concerniente a la propia identidad, esta tensión entre lo que la sociedad espera y cómo uno siente esa expectativa y los propios deseos vienen a determinar una tensión que podrá tener un desenlace creativo en ocasiones y alienante en otras. Es decir, ser uno mismo implica siempre un mayor o menor grado de conflicto con aquello que nuestro entorno espera de nosotros.
Como decía, la sexualidad para los niños implica toda la dimensión relacional que lo une a sus figuras de apego y profundiza sus lazos, que lo dota de una significación subjetiva dentro de esa relación y al mismo tiempo le lleva a habitar su cuerpo sexuado y a adoptar una identidad que le ayuda a ubicarse en el mundo social y en la vida. Todo eso se juega en el complejo de edipo. Veamos cómo.
El edipo es una encrucijada en la que el niño pasa de sentir que lo es casi todo para su madre o padre (es decir que es su “novio” o “novia”) a adoptar un lugar más acorde con la vida, menos egocéntrico y omnipotente, por decirlo así. Un pasaje que con el tiempo le llevara a construir una identidad como ser diferenciado responsable de sus propios deseos y destino, como una persona con deseos y proyectos propios, con un funcionamiento autónomo y maduro.
Los niños buscan en sus padres un deseo al que agarrarse, buscan un lugar en la vida, un reconocimiento. Buscan satisfacer en los padres un deseo que les de un lugar que les haga sentir que existen. Puede ser algo tan sencillo como ser médico y cumplir así el deseo de un padre, que demos por caso, no hubiera podido satisfacer tal ambición en su propia vida o puede querer ser generoso y altruista hasta la abnegación porque la madre hubiera requerido de su hijo que no hiciera más ruido del necesario para no turbarla. Los hijos pretenden ser aquello que los padres esperan de ellos. Pretenden satisfacer el deseo de sus padres y convertirse así en el todo para ellos. Esto les llevará a rivalizar con el otro progenitor, ya que tanto este como los hermanitos, si los hubiera, se disputan las atenciones de su amor.
En el complejo de edipo se distingue entre el complejo de edipo directo y el indirecto. El complejo de edipo directo comprende los sentimientos de ternura y amor del niño hacia su madre y la correspondiente rivalidad con el padre, así como los sentimientos tiernos que tiene la niña hacia su padre y la rivalidad que se juega con la madre.
Por el contrario el complejo de edipo indirecto recoge los sentimientos de ternura y amor de un niño hacia su padre y la contrapartida de rivalidad con la madre y viceversa los sentimientos de amor de una niña hacia hacia su madre y rivalidad con el sexo contrario. En la presente reseña no me detendré sobre los pormenores del complejo de edipo negativo ya que nos llevaría demasiado lejos. Solamente destacar la riqueza de las identificaciones en el complejo de edipo y la complejidad del mismo en relación con la bisexualidad psicosexual constitucional del ser humano.
Otra dimensión del edipo que me parece fundamental subrayar tiene que ver con la naturaleza de la relación que el menor establece con el progenitor rival, aquel con el que se disputa las atenciones amorosas, ya que esta relación es clave para que el menor pueda estructurar su identidad.
El menor ama también a su rival ya que es de este rival de quien aprenderá a adueñarse de las cualidades necesarias para poder confiar en sus posibilidades para seducir y sentirse atractivo. En definitiva para sentirse potente, fuerte y autónomo en la vida, en el sentido más extenso del término. Así por ejemplo, la niña podrá decirse: “si admiro a mi madre y aprendo de ella cómo es ser una mujer, mi padre y otros hombres se fijarán en mi como mujer atractiva”. Pero es que además la prohibición de adueñarse de su objeto de deseo, prohibición interdicha por su rival del mismo sexo, es decir por el progenitor del mismo sexo, es la prohibición que libera al menor de la pesada carga del deseo de su objeto de amor. Es decir, la prohibición del padre de adueñarse de la madre, libera al niño de la pesada carga de tener que ser lo que la madre desee y le abre por tanto el campo a poder ser él mismo.
He aquí la crucial importancia de este complejo de edipo que ha sido tan malinterpretado. El edipo, con su componente de deseo, identificaciones sexuales y prohibiciones, abre la puerta para que el pequeño sujeto pueda irse adueñando de su ser y potencialidades. Y esto partiendo de la sexualidad, hasta llegar a lo intrapsíquico pasando por lo social, a través de eso que los psicólogos llamamos psicosexualidad, concepto clave que da cuenta de las dimensiones afectivas, identitarias y existenciales de la sexualidad.
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