MELANCOLÍA 2ª PARTE: LA CUESTIÓN DEL VACÍO

MELANCOLÍA 2ª PARTE: LA CUESTIÓN DEL VACÍO

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Tal vez la cuestión clave a la hora de entender el funcionamiento melancólico sea la sensación de vacío de la que se duele el enfermo. En el artículo anterior dedicado a la melancolía destacamos esta sensación de vacío en el delirio de negación o en el síndrome de Cotard, que se podrían considerar las manifestaciones más extremas de esta sensación de vacío.

Otras manifestaciones del mismo menos extremas podrían considerarse la culpa y el autorreproche constante junto con la idealización extrema del objeto, en el que de alguna forma el enfermo da cuenta de este sentimiento de desvalorización propio y de vacío. Por ejemplo, cuando el enfermo se hace culpable de todos los supuestos perjuicios que habría ocasionado a la persona desaparecida y al mismo tiempo es incapaz de ver sus defectos y de los sentimientos ambivalentes que albergaba hacia esa persona.

Esta cuestión del vacío está muy relacionada con la cuestión de la pérdida y de la depresión. La depresión no resulta tanto de la pérdida del amor del objeto desaparecido, sino del fracaso de la puesta en su lugar de una primera defensa contra esos peligros, consistente en sustituir al objeto externo de amor decepcionante (decepcionante en la medida en que desaparecido este objeto ya no puede satisfacer las necesidades afectivas del sujeto) por un objeto interno psíquico, bueno, amante y continente.

Si el sujeto es capaz de no perder ese objeto interno cuando el objeto externo ha desaparecido, entonces no sobreviene una depresión ya que el duelo se puede realizar, con dolor por supuesto pero se darían las condiciones para que ese duelo pueda ser superado, ya que el objeto interno sería el garante de la capacidad de sentirse querido y de poder amar. La depresión vendría precisamente cuando la desaparición del objeto externo no puede ser sostenida con la presencia interna del objeto que abre la posibilidad para amar nuevos objetos en el futuro pero que alimenta también un sentirse querido desde el interior. Como decía, cuando el objeto interno está garantizado, el duelo puede ser realizado y el sujeto puede abrirse de nuevo a la vida para poder volcar su amor sobre nuevas personas y proyectos.

Para expresarlo con palabras más sencillas se podría decir que la clave para superar la pérdida de un ser querido (o de otro objeto afectivamente importante para la persona como puede ser un ideal, trabajo, causa política, etc) sería el de no perder la capacidad interna de amor, de interesarse de nuevo en la vida a pesar de los reveses.

Por supuesto esta capacidad viene dada con el tiempo ya que cualquier persona que ha pasado por un duelo sabe que en ese periodo el sentirse sin interés por las cosas de la vida es lo más normal y que es una cuestión de tiempo, el poder elaborar la perdida para volver a interesarse en la vida.

Pero para el melancólico, precisamente por este vacío que le habita, le resulta imposible salir de esa posición. En su caso la pérdida de ese objeto que funcionaba como ideal, le impide volver a volcar su interés sobre los objetos de la vida. Se pierde en unos autorreproches que son precisamente el negativo de lo que nunca pudo echar en cara al objeto. No se encontró con un primer objeto que le ayudara a elaborar la rabia y la frustración que generan la perdida y la diferenciación. El melancólico no ha podido hacerse sujeto de su vida porque no ha podido constituir un ideal interno que le ayudara a separarse del objeto externo erigido como ideal.

Cabría preguntarse entonces qué procesos psicológicos hacen posible el que ese objeto interno se pueda conformar en el psiquismo de un sujeto y en el caso del melancólico por qué ha fallado esta construcción del objeto interno.

Este objeto interno se construye, junto con la capacidad de pensar que es al fin y al cabo de lo que se está hablando, a través de las experiencias de pérdida que inevitablemente se dan a lo largo de la vida y especialmente en la infancia. Estas experiencias de pérdida pueden ser los periodos de alejamiento de la madre en los que el objeto no puede satisfacer las necesidades del niño y que por tanto le enfrentan con la frustración. El objeto, ese otro significativo para el niño, le acompaña y presta sus palabras para designar la experiencia emocional desoladora para el niño. Estas palabras pueden dar sentido al desamparo y permiten representar una pérdida que es la llave para poder construir ese objeto interno del que hablamos. Este objeto interno, es decir, esta capacidad para representar la pérdida, impide que el sujeto se pierda junto con el objeto cuando este desaparece.

En el próximo capítulo hablaremos de los autorreproches y la culpa en relación con esta imposibilidad de representar la ausencia.

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