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Entre tantos problemas que está provocando la situación actual, el de no saber qué hacer con nuestro tiempo no es menor. Al fin y al cabo, ¿no es esta la gran cuestión de la vida, qué hacer con nuestro tiempo?. Y para todos aquellos que no pueden trabajar en este momento en el que además no se puede salir de casa, es casi el único problema que se puede enfrentar, paralizada como se encuentra nuestra vida y asuntos. Por tanto: ¿Qué hacer con nuestro tiempo?
Son muchas las cosas que se pueden hacer sin salir de casa o muy pocas, depende cómo se mire y para quién, pero en definitiva este tiempo de encierro es de alguna forma un tiempo en el que el contacto con uno mismo se hace ineludible. Y este contacto puede no ser en absoluto placentero, sobre todo si no estamos acostumbrados o si nuestro interior esta poblado de emociones difíciles de llevar como puede ser el miedo. Miedo a la soledad, miedo al futuro, a la incertidumbre, a la enfermedad… o incluso a la muerte. En definitiva miedo a nuestra pequeñez y fragilidad, a lo desamparado de nuestra condición humana. Esta epidemia nos enfrenta con algo que siempre ha estado ahí y siempre estará, nos demos cuenta o no.
En estos días he tenido tiempo para ver muchos documentales con los que he podido dar un repaso rápido a las grandes catástrofes de le humanidad. Así se entretiene uno, ¿qué le voy a hacer? Guerras, crisis económicas, hambrunas, revoluciones, catástrofes naturales, epidemias… Nada que no hayamos visto mil y una veces anteriormente. Pero no esta de más poderlas tener en cuenta de vez en cuando para caer en la cuenta de que ni de lejos son una excepción, sino más bien la regla.
Así, pienso que este encierro forzoso en el que estamos inmersos nos enfrenta cara a cara con nosotros mismos. Y esto es también una buena oportunidad. Un ejercicio enriquecedor. En este sentido se me antoja como una gran sesión de meditación que nos pone en contacto con nosotros mismo.
La meditación es una técnica milenaria que consiste básicamente en sentarse, parar, respirar, sentirse y ponerse en contacto con uno mismo. Se trata de cultivar una actitud de ecuanimidad con todos los procesos que tienen lugar en nuestro interior, ya sean pensamientos, sentimientos, recuerdos o sensaciones corporales. Estos procesos pueden ser de carácter placentero o desagradable pero se trata de que podamos albergar en el foco de nuestra consciencia estas sensaciones, pensamientos o emociones, sin que estas nos arrastren y nos desplacen de nuestro centro.
El objetivo de este ejercicio es el de, con el tiempo y el trabajo, poder llevar esta actitud de ecuanimidad al día a día. Al fin y al cabo, no valdría de nada mantener una actitud tal solamente en el contexto de la meditación. El valor de la meditación radica, por tanto, en poder ensanchar la conciencia para que las vivencias del día a día no trastornen más de lo imprescindible, para que no le arrastren a uno, de nuestro centro. Pero en mi opinión el fruto más valioso de la meditación es el de poder desarrollar un yo observador que en ultima instancia nos da una sensación de presencia, de contacto con nosotros mismos, que es en definitiva, la mayor riqueza de la que podamos disfrutar. ¡Ser nosotros mismos! y eso sí que no depende de ninguna crisis económica ni situación externa.
Las emociones placenteras no son las únicas que albergamos por supuesto, las emociones negativas o desagradables son tan habituales, si no más que las positivas. Ser conscientes de las mismas sin distraer la atención, ya sea buscando actividades placenteras o quejándonos y maldiciendo nuestra suerte (¡Son tantas las formas de distraerse de sí mismo!), es clave para fortalecer nuestras capacidades y curiosamente para que estas mismas emociones negativas no se hagan enormes en nuestro interior.
Las situaciones externas muchas veces no son buenas y nos dificultan el poder mantener nuestro centro, pero la vida nos pone a prueba constantemente como lo ha venido haciendo cada día hasta la actualidad, desde que como adultos tomamos las riendas de nuestra vida y nuestra mente. Poderse parar y contextualizar o poner en una perspectiva temporal los contratiempos y desgracias que nos golpean son todas las armas que necesitamos para hacer frente a los momentos de dificultad como este.
Para esto os propongo que reservéis un rato cada día, que pueden ser 5,10 o 20 minutos, el que sea para empezar estará bien. ¡Veréis lo difícil que se hace el que podamos parar y estar con nosotros mismo durante tan solo unos minutos! Tal vez os sorprenda y os alarme esta inquietud. Es lo normal. Cualquier meditador habitual sabe lo difícil que es al principio. ¡No nos aguantamos ni 5 minutos! En esos momentos de quietud, tal vez desconocida durante toda la vida, aflora la ansiedad. Un ansiedad que colocamos sobre unas circunstancias en la vida o situación concreta que nos este tocando vivir, pero que mucho más allá de ello, forma parte de la vida. Ansiedad que tiene que ver con la fragilidad y desamparo del vivir.
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